Por qué el yoga me salvó?
En esta
oportunidad quiero compartir una anécdota personal. En una suerte de catarsis
que lo he expresado muchas veces y hasta en forma de chiste, pero nunca en
terapia. Muchas veces tenemos ciertas creencias en que algunos profesionales de
salud no se enferman, recaen y no experimentan puntos críticos en sus vida,
porque de seguro saben que hacer antes que se pongan difíciles.
Pues nada está
más lejos de la realidad, al igual que cualquier mortal en este planeta los
psicólogos atraviesan por situaciones cruciales o sensibles y a pesar de tener
el conocimiento de cómo ayudar a los demás en sus situaciones críticas es
difícil aplicar muchas herramientas para sí mismos y tal vez evitar el
sufrimiento. Hace tres años me mudé a Lima – Perú llena de esperanzas de
ejercer mi profesión y ganas de progresar cómo todos los demás.
Por su puesto
como toda migración tiene sus dificultades, esta no fue la excepción, no tenía
conocidos, más que una sola persona, que ciertamente estaba en peor situación
que yo, sin embargo nos apoyamos mutuamente desde el principio. Como muchos
migrantes, trabaje en muchos puestos que no tenían nada que ver con psicología,
pero siempre estaba en la búsqueda de la oportunidad de entregar mi curriculum
en instituciones. Después de algunos meses de búsqueda conseguí ejercer en el
área organizacional y me sentía muy bien conmigo misma por haber logrado
empezar a ejercer en ese nuevo país.
Al poco tiempo
de empezar me sentía incomoda en el trabajo y no sabía la razón exacta, sin
embargo para ese momento comencé a ser acosada por mi supervisor pidiéndome
horas extras de trabajo a solas, acercamientos físicos inapropiados y sin mi
consentimiento, preguntas indiscretas sobre mi vida personal y hasta mi vida
sexual. Realizaba insistentes llamadas y video llamas a cualquier hora del día
y cualquier día de la semana, obsequios en repetidas oportunidades. Esto
sucedía constantemente aun después de haber expresado mi incomodidad y
desaprobación.
Este tipo de
situaciones se repetía día a día en el trabajo pero nunca se lo exprese a nadie
por MIEDO, miedo a ser juzgada, miedo a que no me creyeran y miedo a perder mi
trabajo. En el momento que finalmente concientice y acepté que estaba siendo
acosada por mi supervisor y que realmente me intimidaba, me avergoncé de mí
misma por estar en esa situación. Realmente tenía muchas emociones juntas
vergüenza, miedo, desilusión, estrés, frustración y rabia. Nunca las expresé y
decidí disfrazar mis auténticas, por fachadas de seriedad y sobriedad. Cuando
la gran verdad era que por dentro estaba muy asustada por mi integridad física
y completamente desilusionada del trabajo.
Me propuse a ser
fuerte conmigo misma y no prestar atención a mis emociones para mantener mi
puesto de trabajo (trabajo que finalmente era sub pagado y renuncie por
protección). Toda esta represión de emociones y el esfuerzo de mantener una
apariencia hizo efecto en mí y comenzó a hacerse difícil levantarme en las
mañanas, hacer mi rutina de ejercicios. Empecé a tener miedo de quedarme un
área a solas con esta persona cerca. Y poco a poco era más seguido las ganas
repentinas de llorar “sin razón aparente”. Muchas oportunidades debía ir al
tocador en el trabajo y regañarme en el espejo, con frases como: “tienes que
ser fuerte” “esto no es nada” “sólo ignóralo”.
Y sí, realmente
debía ser fuerte, pero no para callar mi alma, sino para afrontar la situación
y decirle a todos en la empresa lo que me estaba pasando, que estaba siendo
acosada por mi supervisor y que esto debía parar. Millones de veces me juzgue
¿será que debo aceptar sus invitaciones para conservar mi trabajo?? Será que es
mi culpa porque estoy enviándoles señales erradas?? Lo cierto es que todo este
torbellino de cuestionamientos y emociones diariamente me fue agotando poco a
poco hasta el punto que me deprimí.
Experimente el
trastorno depresivo de librito, (como decía mi profesora de psicoterapia):
apatía, falta de apetito, desinterés en mis gustos regulares, cansancio
constante, insomnio, sentimiento de culpa y por supuesto no puede faltar el
“llanto sin motivo aparente”. Lo cierto es que de forma inesperada y
reactivamente renuncie a mi trabajo a través de una llamada telefónica que hice
a mi jefe, la razón fue que esta misma persona que me acosaba estaba pidiendo
que mintiera a mi jefe, y en ese momento la rabia se apoderó de mí y renuncié
dando como razón que yo no iba a mentir por nadie. Pero realmente nunca dije la
razón verdadera, que era que estaba siendo acosada por la misma persona que me
pidió mentir al jefe.
Luego de
renunciar pensé que me sentiría mejor pero no fue así, aún tenía depresión,
recurrí a ayuda especializada y me recetaron tryptanol por tres semanas. Durante el tiempo que sufrí
de acoso y que fui a terapia suspendí mis rutinas de entrenamiento por falta de
motivación, fuerza, etcétera. Pero como profesional de la salud mental sé que
el mejor antidepresivo es la actividad física por mínima que sea, por esta
razón busque una actividad física que no me exigiera tanta potencia y
resistencia como el trotar, el levantamiento de pesas que era lo que hacía.
Así que un día
decidí probar el YOGA, y lo pongo en mayúsculas porque realmente fue lo más
grande para mí en ese momento, me permitió volver a activarme físicamente sin
exigirme fuerza física en ese momento. Me permitió ir a mi centro a mi interior
y darme a atención que necesitaba, me permitió volver a unir mi mente, cuerpo y
alma en uno. Con cada práctica entiendo más la importancia que es tomar tiempo
para meditar, tiempo para escuchar nuestro cuerpo, nuestra intuición y nuestros
pensamientos.
Tomé conciencia
de la importancia de observar nuestros pensamientos con detenimiento, porque
esos pensamientos guían nuestras vidas. La calidad de esos pensamientos se
reflejaran en nuestras vidas. Y esto te lo permite el yoga, tiempo para solo
meditar y observar tu respiración.
En el libro “El
efecto del yoga, un programa probado para la depresión y ansiedad”
de Liz Owen
& Holly
Lebowitz Rossi nos habla sobre la experiencia que tuvo al trabajar
con la doctora Chris C Streeter
en un estudio piloto prometedor donde determinaron que los practicantes de yoga
experimentados tenían un aumento de 34 % en una sustancia química del cerebro
llamada ácido gamma aminobutírico o GABA, después de solo una hora de practicar
posturas de yoga. En comparación a un grupo control de practicantes
principiante de yoga del cual fue solo del 13%. El GABA tiene como una de sus
funciones minimizar el estrés y la ansiedad. En este sentido, un artículo
publicado en la revista Nature
afirma que este neurotransmisor puede disminuir específicamente los
pensamientos no deseados que alimentan el estrés, la ansiedad, la depresión y
otros trastornos psiquiátricos
¿Cuándo hacemos
yoga, mejora la salud mental?!!
¡SI! Podemos
afirmar que la práctica de yoga ayuda a bajar los niveles de depresión. No es
necesario ser experto en yoga ni ser elástico. El yoga nos ayuda a entrenar la
mente para que este más tiempo en el presente y no en el pasado extrañando lo
que ya pasó ni sintiendo ansiedad por el futuro que no podemos adivinar.
¿Cómo encontrar un profesor de yoga terapéutico?
La Asociacion
Internacional de Terapeutas del Yoga (IAYT) es la más grande organización
certificadora de terapeutas en yoga a nivel internacional. En el año 2018
certificaron a más de tres mil estudiantes de yoga terapéutico en Estados
Unidos. Puedes encontrar un terapeuta en yoga certificado por la IAYT visitando
https://www.iayt.org
y darle click a “Find a Certificate Yoga Therapist”.
Sin embargo no debes dejar de lado la búsqueda de un profesional de la salud mental ya que te dará las herramientas adecuadas y te guiara en tu camino a la recuperación. Mahatma Gandhi dijo una vez “el futuro depende de lo que hacemos en el presente”. Y el presente es ahora.
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